Quema de la Casa Curatal
El presentimiento en el campo y las señales del pajarito
Todo ocurrió en el año de 1967, era miércoles de ceniza. Yo desempeñaba el cargo de mayordomo del Santo patrón, Santo Domingo. En el pueblo ya existía la costumbre de que los comités eran los encargados de sacar las velas para los días festivos y las cofradías del templo. Como a las seis de la mañana se abrió la iglesia; fui a ver quién se iba a quedar a cuidar y dispuse que se quedaran Edmundo Martín Santos y el Señor Ranulfo. Al terminar de coordinar, les avisé que iría a trabajar al campo y ellos respondieron: Está bien, no hay cuidado, aquí nos vamos a quedar.
A las seis y media de la mañana ya estaba preparando mi yunta de bueyes. Le puse el aparejo a mi burro, monté y me fui directo a un terreno colindante con el magueyal de Nacho que pertenecía al difunto José Luis. En ese terreno eran como cien surcos en total, y ahí me encontraba yo trabajando.
Como a las 12 del día, me pasó algo que realmente me dejó pensando, especialmente cuando se tiene la responsabilidad de un cargo en el pueblo. Salió un pajarito de pecho amarillo y copete rojo, un petirrojo, que volaba de una manera muy curiosa: subía muy alto, volvía a caer y parecía que quería pararse directamente en el yugo de mi yunta, subía y bajaba, subía y bajaba constantemente, al ver aquello, me quedé pensativo. Ya cerca de la 1 de la tarde, decidí que lo mejor sería regresar al pueblo. Al llegar a la casa, mi esposa ya me estaba esperando con un tejate recién hecho. Tomé un poco y enseguida salí corriendo a pie hacia el templo, porque en ese entonces no había mototaxis ni otros transportes.
Las lágrimas de Santo Domingo y el olor a cera
Al llegar al templo, entré de inmediato a persignarme frente al santo patrón, luego me acerqué a saludar a mis compañeros y les pregunté cómo había estado todo.
El difunto Martín me contestó que bien, pero añadió algo sorprendente: «Aquí mi compañero, el tío Ranulfo, vio que estaba llorando el santo patrón Santo Domingo. Corrían lágrimas reales por su mejilla». Yo me extrañé y le pregunté: «¿A poco? ¿Cómo estuvo?».
Ranulfo me confirmó que sí, que incluso él mismo se había puesto a llorar al ver al santo en ese estado, sin comprender el motivo de tal suceso. Nos levantamos y fuimos juntos a revisar el lugar donde está la Virgen del Rosario y la imagen de Santo Domingo, que sale a las procesiones. Lo observé con mucha atención, pero no alcancé a ver absolutamente nada de lágrimas; él insistía en que la lágrima le estaba escurriendo por el rostro.
Regresamos al medio del templo. En aquellos tiempos no había los bancos que se usan ahora; solo se ponía un asiento largo que le llamaban " escaño". Frente a la cofradía había también un instrumento armónico.
Nos salimos al atrio y nos sentamos bajo la sombra de un arbolito. En ese momento iba pasando el difunto compadre Edmundo, padre del difunto compadre Fausto, quien en ese entonces fungía como vocal de la iglesia. Lo llamé y le dije: «Venga usted para acá a platicar un poco».
Nos quedamos platicando en el corredor de la casa curatal. Yo aproveché para comentarles una seña extraña que había notado en la Virgen del Rosario esa misma mañana: las velas que tenía encendidas agigantaron su llama de un momento a otro de forma desproporcionada y luego se bajaban drásticamente a cada rato, mientras conversábamos sobre la seña que había visto, una persona me llamó a gritos desde su asiento: «¡Mira tú, encargado, vente, pero corre! Vente a ver qué cosa está pasando en la iglesia, porque huele como si se estuviera quemando la cera». Fuimos a revisar de inmediato. Al principio no le dije nada a los demás, pero el olor era purito aceite quemado, como el que se les pone a los santos. En el templo no había ninguna vela encendida, así que la gente se preguntaba: «¿Dónde estarán haciendo velas? Porque huele a un olor muy suave, idéntico a cuando se fabrica cera legítima». Volví a inspeccionar el templo y no encontré nada. En esos momentos se fueron sumando más personas: llegó Juan Chamaco, luego el difunto Daniel y otros más que al día de hoy ya fallecieron, hasta que nos juntamos unos seis o siete hombres.
El estallido del incendio y el rescate de los ornamentos
Les pedí a todos que fueran a revisar los alrededores del templo para verificar si no se estaba quemando la cera por alguna esquina, todos se preguntaban con extrañeza de dónde provenía ese olor tan suave a cera legítima.
Fui a empujar la puerta de la sacristía, pero estaba normal, como siempre. Acto seguido, me dirigí a la casa curatal y empujé la puerta; en ese instante salió un vaporazo tremendo de humo caliente. ¡Ahí adentro era donde se estaba quemando todo!
Le grité con fuerza al vocal: «¡Mire, mire aquí adentro se está quemando!». Al oír esto, el hombre bajó corriendo alarmado. Le ordené que fuera a traer al presidente municipal con urgencia. Cuando llegó la autoridad y abrieron completamente el lugar, nos topamos con una escena impresionante: la cera derretida corría como un río de agua hirviendo y en llamas por todo el piso.
La situación empeoró rápidamente. Al abrir la puerta principal de la casa curatal, el golpe de aire entró con fuerza y provocó que una llamarada brutal saliera expulsada hacia el exterior. En medio del peligro, nos metimos a rescatar lo que pudimos: sacamos todos los ornamentos religiosos, las sábanas grandes que se utilizan durante las celebraciones de la Semana Santa y las pertenencias de las cofradías, incluyendo las vestimentas de San Juan y de la Magdalena. En medio de la confusión, el difunto Esteban —un vecino que vivía atrás del edificio del municipio— intentó jalar una llave de hierro que estaba colgada en la pared; en cuanto la tocó, el metal ardiente le botó la mano y sufrió una quemadura severa, pues el hierro ya estaba completamente caliente por el fuego.
El fuego se propagó pero nuestra principal preocupación en ese momento era defender a toda costa la puerta de la sacristía para evitar que la lumbre invadiera la iglesia principal. Yo sentía un miedo terrible en mi papel de encargado; pensaba que si el fuego cruzaba esa puerta, perderíamos irremediablemente la imagen del santo patrón Santo Domingo.
La movilización del pueblo
Para ese momento ya se había congregado una gran cantidad de vecinos prestando auxilio. Los compañeros me pidieron el favor de ir a buscar al sacristán para coordinar las acciones.
La tarde cayó con rapidez y oscureció pronto. Estuvimos acarreando y arrojando agua de forma ininterrumpida. Mientras combatíamos el fuego, el ayuntamiento, el presidente y las demás autoridades locales lograron citar a los bomberos. Cuando los bomberos llegaron y desplegaron las mangueras, abrí una de las puertas para abrirles paso; en ese instante, la presión del agua me dio un golpe directo en el oído, dejándome completamente empapado. Pasé toda la noche sufriendo el frío del agua y el calor de la lumbre, desde las 10 de la noche hasta las 4 de la mañana del día siguiente.
A pesar del esfuerzo humano, el fuego no se pudo apagar únicamente con agua. Los bomberos tuvieron que utilizar un polvo químico especial que, al ser arrojado a las llamas, aplacaba la fuerza del incendio de inmediato. Cuando la intensidad de la lumbre empezó a disminuir, se me acercó un muchacho que cumplía sus funciones como "topil". Me dio el aviso de que las autoridades me llamaban al palacio municipal de manera urgente para que rindiera declaraciones. Al escuchar la orden, mis compañeros se negaron a dejarme ir solo: «No vas a ir solo; vámonos todos, porque todos estamos dando el servicio y todos vamos a aclarar las cosas».
El recuento de los daños
A esa misma hora de la madrugada, las autoridades nos reunieron con el fin de nombrar a tres personas del pueblo para que fungieran como peritos oficiales. Su tarea consistía en entrar a los escombros, examinar el lugar y levantar un acta detallada de las pérdidas materiales y documentales.
El proceso para elegir a los peritos se dilató bastante. El primer nombrado fue el señor Cándido López, el segundo perito fue el difunto Macario Juan y el tercer perito fue el señor Felipe Matías. Acompañamos a estos tres peritos para evaluar lo que se había destruido, lo que encontramos causaba gran consternación: en el interior de la casa curatal se guardaban unos baúles de madera gigantescos repletos de papeles y archivos históricos de las épocas anteriores. Todos esos documentos antiguos estaban redactados a mano utilizando únicamente plumas de pollo o de guajolote y tinteros.
Los peritos pasaron el resto de la madrugada, asentando los datos del inventario. Aunque el fuego ya estaba completamente apagado, en ese momento no se realizó el cálculo monetario inmediato. Los documentos del conteo fueron enviados posteriormente a la Gobernación local. Tiempo después nos enteramos de que el valor de las pérdidas materiales ascendía a muchos miles de pesos. Sin embargo, el daño más grave e irreparable fue la pérdida de los papeles históricos del pueblo.
En esos baúles se resguardaban los archivos de la época de la Revolución Mexicana, incluyendo los registros oficiales de cuando los hacendados ricos y terratenientes ordenaron el asesinato del presidente municipal en turno. Esos documentos detallaban los conflictos agrarios que surgieron a partir de las disposiciones de Emiliano Zapata para expropiar los terrenos a quienes se habían apoderado ilegalmente de grandes extensiones de hectáreas y repartirlos de manera justa entre los campesinos pobres. Esas tierras provocaron una época de muchísima envidia, pleitos y violencia en todo el pueblo. Fue una catástrofe perder esa memoria histórica, pero nos quedó el consuelo de haber defendido con éxito la sacristía y salvado la integridad de nuestro santo patrón.