Bitácora de Historia & Relatos

Historias, Leyendas y Lugares

Un recorrido por los relatos y antecedentes que le dan vida a nuestra memoria.

Relato Destacado8/17/2026

Quema de la Casa Curatal

El presentimiento en el campo y las señales del pajarito

Todo ocurrió en el año de 1967, era miércoles de ceniza. Yo desempeñaba el cargo de mayordomo del Santo patrón, Santo Domingo. En el pueblo ya existía la costumbre de que los comités eran los encargados de sacar las velas para los días festivos y las cofradías del templo. Como a las seis de la mañana se abrió la iglesia; fui a ver quién se iba a quedar a cuidar y dispuse que se quedaran Edmundo Martín Santos y el Señor Ranulfo. Al terminar de coordinar, les avisé que iría a trabajar al campo y ellos respondieron: Está bien, no hay cuidado, aquí nos vamos a quedar.

A las seis y media de la mañana ya estaba preparando mi yunta de bueyes. Le puse el aparejo a mi burro, monté y me fui directo a un terreno colindante con el magueyal de Nacho que pertenecía al difunto José Luis. En ese terreno eran como cien surcos en total, y ahí me encontraba yo trabajando.

Como a las 12 del día, me pasó algo que realmente me dejó pensando, especialmente cuando se tiene la responsabilidad de un cargo en el pueblo. Salió un pajarito de pecho amarillo y copete rojo, un petirrojo, que volaba de una manera muy curiosa: subía muy alto, volvía a caer y parecía que quería pararse directamente en el yugo de mi yunta, subía y bajaba, subía y bajaba constantemente, al ver aquello, me quedé pensativo. Ya cerca de la 1 de la tarde, decidí que lo mejor sería regresar al pueblo. Al llegar a la casa, mi esposa ya me estaba esperando con un tejate recién hecho. Tomé un poco y enseguida salí corriendo a pie hacia el templo, porque en ese entonces no había mototaxis ni otros transportes.

Las lágrimas de Santo Domingo y el olor a cera

Al llegar al templo, entré de inmediato a persignarme frente al santo patrón, luego me acerqué a saludar a mis compañeros y les pregunté cómo había estado todo. 

El difunto Martín me contestó que bien, pero añadió algo sorprendente: «Aquí mi compañero, el tío Ranulfo, vio que estaba llorando el santo patrón Santo Domingo. Corrían lágrimas reales por su mejilla». Yo me extrañé y le pregunté: «¿A poco? ¿Cómo estuvo?»

Ranulfo me confirmó que sí, que incluso él mismo se había puesto a llorar al ver al santo en ese estado, sin comprender el motivo de tal suceso. Nos levantamos y fuimos juntos a revisar el lugar donde está la Virgen del Rosario y la imagen de Santo Domingo, que sale a las procesiones. Lo observé con mucha atención, pero no alcancé a ver absolutamente nada de lágrimas; él insistía en que la lágrima le estaba escurriendo por el rostro.

Regresamos al medio del templo. En aquellos tiempos no había los bancos que se usan ahora; solo se ponía un asiento largo que le llamaban " escaño". Frente a la cofradía había también un instrumento armónico.

Nos salimos al atrio y nos sentamos bajo la sombra de un arbolito. En ese momento iba pasando el difunto compadre Edmundo, padre del difunto compadre Fausto, quien en ese entonces fungía como vocal de la iglesia. Lo llamé y le dije: «Venga usted para acá a platicar un poco».

Nos quedamos platicando en el corredor de la casa curatal. Yo aproveché para comentarles una seña extraña que había notado en la Virgen del Rosario esa misma mañana: las velas que tenía encendidas agigantaron su llama de un momento a otro de forma desproporcionada y luego se bajaban drásticamente a cada rato, mientras conversábamos sobre la seña que había visto, una persona me llamó a gritos desde su asiento: «¡Mira tú, encargado, vente, pero corre! Vente a ver qué cosa está pasando en la iglesia, porque huele como si se estuviera quemando la cera». Fuimos a revisar de inmediato. Al principio no le dije nada a los demás, pero el olor era purito aceite quemado, como el que se les pone a los santos. En el templo no había ninguna vela encendida, así que la gente se preguntaba: «¿Dónde estarán haciendo velas? Porque huele a un olor muy suave, idéntico a cuando se fabrica cera legítima». Volví a inspeccionar el templo y no encontré nada. En esos momentos se fueron sumando más personas: llegó Juan Chamaco, luego el difunto Daniel y otros más que al día de hoy ya fallecieron, hasta que nos juntamos unos seis o siete hombres.

El estallido del incendio y el rescate de los ornamentos

Les pedí a todos que fueran a revisar los alrededores del templo para verificar si no se estaba quemando la cera por alguna esquina, todos se preguntaban con extrañeza de dónde provenía ese olor tan suave a cera legítima.

Fui a empujar la puerta de la sacristía, pero estaba normal, como siempre. Acto seguido, me dirigí a la casa curatal y empujé la puerta; en ese instante salió un vaporazo tremendo de humo caliente. ¡Ahí adentro era donde se estaba quemando todo!

Le grité con fuerza al vocal: «¡Mire, mire aquí adentro se está quemando!». Al oír esto, el hombre bajó corriendo alarmado. Le ordené que fuera a traer al presidente municipal con urgencia. Cuando llegó la autoridad y abrieron completamente el lugar, nos topamos con una escena impresionante: la cera derretida corría como un río de agua hirviendo y en llamas por todo el piso.

La situación empeoró rápidamente. Al abrir la puerta principal de la casa curatal, el golpe de aire entró con fuerza y provocó que una llamarada brutal saliera expulsada hacia el exterior. En medio del peligro, nos metimos a rescatar lo que pudimos: sacamos todos los ornamentos religiosos, las sábanas grandes que se utilizan durante las celebraciones de la Semana Santa y las pertenencias de las cofradías, incluyendo las vestimentas de San Juan y de la Magdalena. En medio de la confusión, el difunto Esteban —un vecino que vivía atrás del edificio del municipio— intentó jalar una llave de hierro que estaba colgada en la pared; en cuanto la tocó, el metal ardiente le botó la mano y sufrió una quemadura severa, pues el hierro ya estaba completamente caliente por el fuego.

El fuego se propagó pero nuestra principal preocupación en ese momento era defender a toda costa la puerta de la sacristía para evitar que la lumbre invadiera la iglesia principal. Yo sentía un miedo terrible en mi papel de encargado; pensaba que si el fuego cruzaba esa puerta, perderíamos irremediablemente la imagen del santo patrón Santo Domingo.

La movilización del pueblo 

Para ese momento ya se había congregado una gran cantidad de vecinos prestando auxilio. Los compañeros me pidieron el favor de ir a buscar al sacristán para coordinar las acciones.

La tarde cayó con rapidez y oscureció pronto. Estuvimos acarreando y arrojando agua de forma ininterrumpida. Mientras combatíamos el fuego, el ayuntamiento, el presidente y las demás autoridades locales lograron citar a los bomberos. Cuando los bomberos llegaron y desplegaron las mangueras, abrí una de las puertas para abrirles paso; en ese instante, la presión del agua me dio un golpe directo en el oído, dejándome completamente empapado. Pasé toda la noche sufriendo el frío del agua y el calor de la lumbre, desde las 10 de la noche hasta las 4 de la mañana del día siguiente.

A pesar del esfuerzo humano, el fuego no se pudo apagar únicamente con agua. Los bomberos tuvieron que utilizar un polvo químico especial que, al ser arrojado a las llamas, aplacaba la fuerza del incendio de inmediato. Cuando la intensidad de la lumbre empezó a disminuir, se me acercó un muchacho que cumplía sus funciones como "topil". Me dio el aviso de que las autoridades me llamaban al palacio municipal de manera urgente para que rindiera declaraciones. Al escuchar la orden, mis compañeros se negaron a dejarme ir solo: «No vas a ir solo; vámonos todos, porque todos estamos dando el servicio y todos vamos a aclarar las cosas».

El recuento de los daños

A esa misma hora de la madrugada, las autoridades nos reunieron con el fin de nombrar a tres personas del pueblo para que fungieran como peritos oficiales. Su tarea consistía en entrar a los escombros, examinar el lugar y levantar un acta detallada de las pérdidas materiales y documentales.

 El proceso para elegir a los peritos se dilató bastante. El primer nombrado fue el señor Cándido López, el segundo perito fue el difunto Macario Juan y el tercer perito fue el señor Felipe Matías. Acompañamos a estos tres peritos para evaluar lo que se había destruido, lo que encontramos causaba gran consternación: en el interior de la casa curatal se guardaban unos baúles de madera gigantescos repletos de papeles y archivos históricos de las épocas anteriores. Todos esos documentos antiguos estaban redactados a mano utilizando únicamente plumas de pollo o de guajolote y tinteros. 

Los peritos pasaron el resto de la madrugada, asentando los datos del inventario. Aunque el fuego ya estaba completamente apagado, en ese momento no se realizó el cálculo monetario inmediato. Los documentos del conteo fueron enviados posteriormente a la Gobernación local. Tiempo después nos enteramos de que el valor de las pérdidas materiales ascendía a muchos miles de pesos. Sin embargo, el daño más grave e irreparable fue la pérdida de los papeles históricos del pueblo. 

En esos baúles se resguardaban los archivos de la época de la Revolución Mexicana, incluyendo los registros oficiales de cuando los hacendados ricos y terratenientes ordenaron el asesinato del presidente municipal en turno. Esos documentos detallaban los conflictos agrarios que surgieron a partir de las disposiciones de Emiliano Zapata para expropiar los terrenos a quienes se habían apoderado ilegalmente de grandes extensiones de hectáreas y repartirlos de manera justa entre los campesinos pobres. Esas tierras provocaron una época de muchísima envidia, pleitos y violencia en todo el pueblo. Fue una catástrofe perder esa memoria histórica, pero nos quedó el consuelo de haber defendido con éxito la sacristía y salvado la integridad de nuestro santo patrón.



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Villa Díaz Ordaz: La batalla de 1860 y el tributo a un caudillo liberal.

La Pólvora y la República

Villa Díaz Ordaz: La batalla de 1860 y el tributo a un caudillo liberal

Para mediados del siglo XIX, México se encontraba fracturado en una sangrienta lucha intestina: la Guerra de Reforma (1858–1861). Liberales (que defendían la Constitución de 1857 y la separación de la Iglesia y el Estado) y Conservadores (que luchaban por mantener los fueros tradicionales) se disputaban cada palmo del territorio nacional. Oaxaca, cuna de Benito Juárez, era un bastión clave de esta contienda.

El pacífico pueblo de Santo Domingo del Valle estaba a punto de convertirse en el escenario de uno de los combates más decisivos del periodo en el estado.

1. El encuentro de dos ejércitos: El 24 de enero de 1860

El ejército conservador, comandado por el atrevido general José María Cobos, ocupaba la plaza de Tlacolula y amenazaba los valles. Para contener el avance reaccionario, las fuerzas republicanas acudieron al combate bajo el mando del coronel y licenciado José María Díaz Ordaz, quien ya había servido con honor como Gobernador Constitucional de Oaxaca.

El 24 de enero de 1860, ambos ejércitos se encontraron frente a frente en los llanos y calles de Santo Domingo del Valle:

  • La batalla fue feroz y a corta distancia.

  • Las tropas liberales, alentadas por el liderazgo de Díaz Ordaz, lograron romper las líneas enemigas, quitándole al ejército conservador seis cañones de artillería y provocando su desbandada total.

  • Sin embargo, la victoria tuvo un costo amargo: en los momentos finales del combate, cuando el triunfo republicano ya estaba sellado, el coronel Díaz Ordaz fue alcanzado por un proyectil enemigo, quedando gravemente herido.

El caudillo fue trasladado a la sierra en un intento desesperado por salvarle la vida, pero falleció al día siguiente, el 25 de enero de 1860.

2. El Decreto del Congreso y el nacimiento de la "Villa"

La muerte de José María Díaz Ordaz conmocionó a los poderes republicanos. Benito Juárez y el Congreso del Estado reconocieron de inmediato el heroísmo del jefe militar que dio la vida para consolidar la causa liberal en Oaxaca.

El 31 de octubre de 1860, el Congreso del Estado de Oaxaca emitió un decreto histórico:

"El pueblo de Santo Domingo del Valle se eleva a la categoría de Villa, y llevará en lo sucesivo el nombre de Villa Díaz Ordaz, en homenaje al Benemérito del Estado, Coronel José María Díaz Ordaz."

Su nombre fue inscrito con letras de oro en el recinto legislativo de Oaxaca, y el humilde pueblo del valle quedó inmortalizado para siempre en la historia de la República Mexicana.

3. Tres nombres, un solo corazón

Hoy, el letrero oficial a la entrada del municipio dice Villa Díaz Ordaz. Es el nombre de la patria republicana, de la ley y de los mapas de navegación moderna.

Pero basta adentrarse en sus calles, respirar el aroma del pan recién horneado a la leña, escuchar el órgano de la parroquia en las mañanas de agosto o contemplar la silueta milenaria del cerro Danii Idoo, para comprender la verdad:

Villa Díaz Ordaz es un pueblo de tres almas. Lleva el honor militar de Díaz Ordaz, la fe centenaria de Santo Domingo y la fuerza indestructible de la Piedra del Metate (Guia Guiche). Un lugar donde el pasado no se olvida, sino que se celebra día con día.


Historia1/1/1970

El Virreinato y la Fe

El siglo XVI trajo consigo una de las transformaciones más drásticas en la historia de Mesoamérica. Tras la caída de los señoríos indígenas, la Corona Española y la Orden de Predicadores (los frailes dominicos) reestructuraron la geografía de Oaxaca mediante la política de "congregaciones de indios".

En 1526, la antigua Guia Guiche fue refundada bajo el calendario litúrgico católico y el modelo urbano español, adoptando el nombre de Santo Domingo del Valle.

1. La huella dominica y el templo parroquial

Los frailes dominicos, establecidos sólidamente en Antequera (Oaxaca) y en el convento de Tlacolula, llevaron a cabo la evangelización de la zona. Reemplazaron el culto en las cumbres por la edificación de una estructura imponente: el templo dedicado a Santo Domingo de Guzmán.

Construido con anchas paredes de adobe, piedra local y un diseño capaz de resistir los embates sísmicos del valle, el templo se convirtió en el corazón latente de la comunidad. Alrededor de su atrio se trazaron las calles en cuadrícula, sustituyendo el patrón disperso de las antiguas viviendas zapotecas.

2. Títulos Coloniales (1646): La defensa de la tierra

Uno de los capítulos más importantes de este periodo ocurrió en 1646, cuando las autoridades virreinales otorgaron oficialmente a la comunidad sus Títulos Coloniales de Propiedad.

Este documento en papel sellado no solo reconocía legalmente los límites territoriales de Santo Domingo del Valle frente a haciendas y pueblos colindantes, sino que blindaba la propiedad comunitaria del agua y de los montes de Danii Idoo. Gracias a este acto administrativo del siglo XVII, la comunidad logró preservar el control de sus tierras ancestrales bajo el sistema de gobernanza comunitaria (lo que hoy conocemos como Usos y Costumbres).

3. El nacimiento de la identidad artesanal

Fue durante estos tres siglos de vida virreinal que Santo Domingo del Valle forjó las tradiciones que hoy nos llenan de orgullo:

  • El arte del horno de leña: Se introdujo el trigo y las técnicas europeas de panificación, que las manos locales transformaron para crear el famoso pan de cazuela, el pan resobado y los panes con asiento de manteca cocidos en hornos de bóveda.

  • Los telares y la lana: Se adoptó la crianza de ganado ovino y el uso del telar de pedal para la confección de cobijas de lana cruda y textiles de abrigo.

  • El sistema de cargos: Se consolidaron las mayordomías, la Junta Vecinal y el servicio comunitario (tequio), garantizando que las fiestas patronales de agosto fueran un despliegue de fe, música de viento y la ejecución sublime de la Danza de la Pluma.

Durante más de 330 años, Santo Domingo del Valle floreció como un pueblo pacífico, profundamente creyente y orgulloso de sus raíces. Sin embargo, los vientos de guerra del siglo XIX estaban a punto de alcanzar sus campos pacíficos.

Historia1/1/1970

La Era Zapoteca

Antes de que las campanas de bronce resonaran en los valles o los caballos pisaran el suelo de Mesoamérica, la vida en este rincón de Tlacolula se regía por el pulso de la milpa, el viento de la sierra y la arquitectura sagrada de la naturaleza. Quienes habitaban estas tierras no conocían los mapas de papel; leían el territorio a través de sus piedras y sus cumbres.

En aquellos siglos de esplendor Zapoteca (Ben 'Zaa, la "Gente de las Nubes"), el poblado fue conocido como Guia Guiche (o Guia Guichi).

1. El significado de la voz abuela

En la variante del zapoteco de los Valles Centrales, el nombre revela la íntima relación entre el poblador y su entorno:

  • Guia: Piedra, formación rocosa o peñasco.

  • Guiche / Guichi: Metate (la herramienta cóncava de piedra para moler el maíz).

Llamar al pueblo Guia Guiche ("Piedra del Metate") no era una casualidad. La falda del monte donde se asentaron las primeras familias contaba con canteras de piedra de grano idóneo para labrar instrumentos de molienda. En una cultura donde el maíz era la sustancia misma de la creación, la "Piedra del Metate" era el símbolo máximo del hogar, la nutrición y la vida comunitaria.

2. Danii Idoo: El altar del cielo

En la geografía espiritual de Guia Guiche, ninguna figura destacaba más que el cerro Danii Idoo (Danii: Cerro / Idoo: Templo o Santuario).

Para los antiguos zapotecas, Danii Idoo no era solo un accidente geográfico; era un templo vivo. Desde su cumbre se observaban las alineaciones solares para fijar las épocas de siembra y cosecha, y en sus cuevas se depositaban ofrendas para Cocijo, la divinidad del rayo y de la lluvia. Los abuelos consideraban que la montaña atrapaba las nubes que venían de la sierra antes de soltar el agua bendita sobre los campos de maíz del valle.

3. La red de intercambio con Mitla y Yagul

Guia Guiche no existió en el aislamiento. Ubicado estratégicamente en el corredor de Tlacolula, mantenía un contacto constante con los grandes centros de poder político y religioso de la región, como Lyobaa (Mitla) y Yagul.

Los pobladores de Guia Guiche eran maestros en el conocimiento del monte: aportaban leña, carbón, miel silvestre, pieles de venado, agaves y grana cochinilla a las redes de comercio zapotecas, recibiendo a cambio cerámica, sal y algodón.

Esta era de armonía con la tierra y señorío zapoteca se mantuvo inalterada durante siglos, hasta que en el siglo XVI, el eco de botas de hierro y lenguas desconocidas anunció que el mundo estaba a punto de cambiar para siempre.

Historia1/1/1970

La Tierra de la Montaña Sagrada.

El valle que despertó antes de las palabras

Antes de que existieran las bardas de adobes, antes de que los frailes trajeran el sonido de las campanas metálicas y mucho antes de que el mapa marcara a Santo Domingo del Valle o a Villa Díaz Ordaz, la tierra ya tenía memoria.

Ubicado en el brazo oriental de los Valles Centrales de Oaxaca —el valle de Tlacolula—, el territorio que hoy ocupa esta comunidad fue durante milenios un tapiz de vida silvestre, agua de monte y rocas antiguas. Quienes caminan hoy por sus calles o suben hacia las faldas de la sierra caminan, literalmente, sobre las capas de una historia que empezó a escribirse cuando el hombre apenas aprendía a nombrar el mundo.

I. El paisaje primigenio: El abrazo del monte y el agua

Mucho antes de que el valle fuera un mosaico de parcelas de maíz y surcos de siembra, la geografía de esta región obedecía a la lógica salvaje de la naturaleza. Flanqueado por la Sierra Madre del Sur, el lugar contaba con una posición privilegiada:

  1. La barrera natural: Los cerros no eran solo piedra; funcionaban como escudos contra los vientos helados de la sierra y como enormes esponjas naturales que captaban las lluvias de verano.

  2. Los arroyos de montaña: El agua que descendía de las alturas alimentaba pequeños cauces y manantiales en las zonas bajas, creando oasis de vegetación donde abundaban encinos, nopales, agaves silvestres, cazahuates y mezquites.

  3. El refugio de la fauna: Venados de cola blanca, conejos, coyotes, jabalíes de collar y una inmensa variedad de aves habitaban este corredor natural, convirtiéndolo en un territorio ideal para los primeros grupos cazadores-recolectores que recorrieron los valles de Oaxaca hace más de 10,000 años.

II. Los primeros pasos: Del nomadismo al dialecto de la tierra

El poblamiento de los Valles Centrales de Oaxaca no ocurrió de la noche a la mañana, sino como un lento romance entre el ser humano y las plantas.

En cuevas y abrigos rocosos no muy lejanos a esta zona —como los célebres refugios precerámicos de Yagul y Mitla—, los antiguos habitantes del valle comenzaron a experimentar con la domesticación del teocintle (el antepasado del maíz), la calabaza y el chile.

A medida que la agricultura echó raíces, las familias dejaron de vagar. Los pequeños campamentos estacionales se convirtieron en aldeas permanentes. Los hombres y mujeres que se establecieron en las cercanías de lo que hoy es Díaz Ordaz aprendieron a leer los ciclos de la montaña:

  • El sol sobre las cumbres: Aprendieron a medir el tiempo observando por dónde salía el sol detrás de los picos de la sierra.

  • El barro de la tierra: Descubrieron que el suelo arenoso y arcilloso de la zona no solo servía para sembrar, sino también para moldear vasijas, tejer redes de convivencia y erigir las primeras viviendas de bajareque y paja.

III. La geografía sagrada y el misterio de Danii Idoo

Para los antiguos zapotecas (Ben 'Zaa, "la gente de las nubes"), la tierra no era una simple propiedad: era un ser vivo poblado de espíritus, ancestros y fuerzas elementales. En este lienzo geográfico, una figura destacó por encima de todo el paisaje: el cerro Danii Idoo.

En la lengua zapoteca regional, el nombre guarda un significado profundo que conecta directamente con la cosmovisión precolombina:

Danii = Cerro / Montaña + Idoo = Santuario / Iglesia / Lugar Sagrado

Mucho antes de que se construyera cualquier templo católico, Danii Idoo ya era una catedral de piedra. Para los primeros pobladores zapotecas:

  • Era el vínculo entre el cielo y la tierra: Una cumbre donde las nubes se atascaban antes de soltar la lluvia, convirtiendo al cerro en el hogar de las facultades de Cocijo (el dios del rayo y de la lluvia).

  • Un sitio de altitud y observación: Desde sus laderas se vigilaba el tránsito de viajeros y comerciantes que cruzaban entre el valle central y las rutas que conducían hacia la Sierra Juárez o hacia el Istmo de Tehuantepec.

  • Un altar de la memoria: Los cerros prominentes eran considerados morada de los abuelos fundadores. Ahí se hacían peticiones de cosecha, depósitos de ofrendas y rituales de protección para quienes habitaban abajo.

IV. La red zapoteca: La sombra de las grandes metrópolis

A medida que las ciudades zapotecas florecieron en el valle, la comunidad local no existió aislada. Durante los periodos clásico y posclásico, la vida de los pobladores estuvo íntimamente ligada a los grandes centros políticos y religiosos de la zona:

  1. La influencia de Mitla (Mictlán / Lyobaa): Dada la cercanía geográfica, los habitantes de este paraje formaban parte del engranaje cultural del centro religioso más importante del posclásico zapoteca. Las rutas de intercambio de leña, grana cochinilla, miel, pieles de animales y productos agrícolas circulaban constantemente por estos caminos.

  2. Autonomía y vida comunitaria: Aunque respetaban las cabeceras señoriales (los cacicazgos zapotecas), las familias asentadas en los valles del pie de monte conservaban una vida comunitaria estrecha, basada en el apoyo mutuo, la ayuda en la milpa y la custodia de su territorio inmediato.

Así, entre el murmullo de los vientos del monte, la abundancia de los arroyos y la imponente mirada de Danii Idoo, se consolidó la presencia zapoteca en el lugar. Una presencia antigua, digna y profundamente arraigada que estaba a punto de enfrentarse al sacudón más grande de su historia: el choque de dos mundos en el siglo XVI.